sábado, 24 de mayo de 2014

Víctor Roura, el temple de la ética

Ilustración Alarcon

De perfil discreto, conversador, elocuente e incansable, Víctor Roura el periodista, escritor, ensayista y poeta, celebró con la publicación de su libro “El apogeo de la mezquindad” (2012), cuatro décadas de actividad dentro del periodismo cultural. Ahí resume su labor crítica y nada complaciente al frente de revistas, diarios y suplementos culturales. En sus constantes análisis y en sus distintas colaboraciones Roura ha examinado exhaustivamente a las instituciones culturales, sus tendencias, desfalcos y estructuras. En casos como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), la obra monumental del sexenio de Carlos Salinas de Gortari (PRI), y la Biblioteca José Vasconcelos, el “elefante blanco” del sexenio del Vicente Fox (PAN),  Roura puntualizó como ambas pasaron de las manos -prestadas– del panismo, a los brazos paternales del priismo.

En CONACULTA las deudas en los sexenios panistas aumentaron a 500 millones de pesos. La Vasconcelos, que nació como un proyecto fallido y pretencioso que no ha logrado aumentar lectores sino al contrario parece haberlos alejado, porque en México, según la última Encuesta Nacional de Lectura en México los lectores pasaron del 56 al 46 por ciento; además de sus innumerables fallas arquitectónicas. Sin embargo, ambos “pilares” fungirán como un nuevo proyecto cultural del retornado PRI.

Roura emigró de Mérida, Yucatán, a la Ciudad de México y estudió Comunicación Gráfica en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En 1972 fue cuando  se sumergió en el periodismo de rock, tiempos en que el género estaba prohibido en el país y representaba una revolución contracultural en gestación. Dirigió tres publicaciones musicales: México Canta, Sección y El Zeppelin.

Años más tarde, se hizo cargo de la sección cultural en el diario Uno más uno, la cual -por diferencias editoriales- abandonó, para luego inaugurar el mismo suplemento en La Jornada y el diario no convencional Las Horas Extras. En 1987 después de presentar un dummy a Rogelio Cárdenas Sarmiento –dueño fundador de El Financiero-, creó la sección cultural donde estuvo 25 años a cargo.

En ella desfilaron las plumas como las de Eusebio Ruvalcaba, Fedro Carlos Guillén, Jorge Ayala Blanco, Juan Domingo, Hugo García Michel, entre otros. Impulsó la creación e impresión trimestral de las “libretas del financiero”, que eran cuadernillos de tiraje limitado, donde periodistas, poetas, académicos, filósofos, críticos y ensayistas, crearon contenidos originales. En palabras de Víctor, “fueron más de mil plumas”, lo cual habla de un universo periodístico, entre los que destacaron: Jorge Ayala Blanco, Juan Manuel Argüelles, José de Jesús Sampedro y David Ojeda. En términos suyos, “fue tanto material, que se va a perder con el paso del tiempo".

Defensor de la ética como la otrora institución creadora del periodismo, Roura advierte que desde los tiempos del priismo y el panismo, la moral periodística ha tenido sus trucos o transformaciones, pero con los mismos déficits periodísticos, que van desde la implementación descarada del “chayo” inaugurado y bautizado en los sexenios priistas, hasta la obligada  auto censura en épocas panistas.

Otra forma en que el gobierno ha visto la posibilidad de corromper los esquemas culturales y artísticos del país son las becas y los premios literarios, donde con descaro se elogia el trabajo de autores plagiarios, como Seatiel Alatriste o Alfredo Bryce Echenique, éste último al más puro estilo priista, sólo respondió antes las acusaciones con un “¡Qué se jodan!  Ambos escritores fueron galardonados sin que sus obras fueran puestas a juicio ni análisis por parte del jurado de los certámenes en que fueron premiados, pero sí por periodistas como Gabriel Zaid, Guillermo Fadanelli o el mismo Roura.

Recientemente y por “motivos reduccionistas”, para sorpresa de propios y extraños, Roura se despidió de las filas de El Financiero advirtiendo una caída hacia los lugares comunes del periodismo, es decir, la maquinaria de las eternas notas informativas y de los boletines de prensa, e ironizó: “Kafka escribió para sí mismo y hoy es un escritor universal”. Ante los cambios anunciados por el empresario Manuel Arroyo -quien hace meses adquirió aquél diario-, que incluían el decrecimiento del contenido de los caracteres y el aumento de la publicidad y de los gráficos, Víctor previó un choque de ideologías.

“Todos los editores que maduramos en el diario desde sus inicios teníamos la libertad de hacernos cargo de nuestras propias secciones sin que se metiera el director con nuestro trabajo. Fue una gran dinámica de trabajo. Y eso hizo que El Financiero fuera el único de su tipo. Desde que Comtelsat lo adquirió cambió radicalmente el diseño, con lo cual no estuve de acuerdo porque redujeron contenido para darle espacio a las imágenes, confirmando que en México no se lee, sólo se miran las cosas y yo siempre he pensado que existen lectores”.

-¿El buen periodismo debe ser incómodo?

“El buen periodismo debe estar distante de los poderes para considerarse como tal. Un periodista que es amigo de todos los políticos no sé qué clase de periodismo pueda hacer. Un periodista como Joaquín López Dóriga, quien está de acuerdo con todos los políticos, no entiendo cuál es su función. Es una moda, una tendencia, ver a periodistas en radio, prensa y televisión al mismo tiempo con la misma postura complaciente. Son personas que sirven al poder y que se sirven del poder. Y eso creo que toda la gente lo entiende. Ahí no hay periodismo, sólo hay relaciones públicas entre medios y el poder”.

Es conocida la postura crítica de Roura hacia las mismas instituciones culturales, lo hizo y lo practicó como un deporte olímpico al señalar irregularidades o embustes, quizá como un ejercicio periodístico de dar el justo valor a los personajes públicos sobreexpuestos, sin importar la etiqueta del mismo.

-¿Existe la censura o auto censura en los medios culturales?

“Claro que existe. En La Jornada, que aparenta ser un medio progresista, por ejemplo, existe la censura porque no se permite que se publique a ciertas personas que les son incómodas al periódico. Al interior, existe una lista negra donde no se publica a personalidades como el enciclopedista mexicano Humberto Musacchio, quien nunca aparece. Al gran maestro de periodismo, Miguel Ángel Granados Chapa, le dedicaron 15 líneas. En cambio, cuando murió José María Pérez Gay, le dedicaron la portada porque era un gran amigo del diario. Entonces, ellos miden la calidad de sus publicaciones a partir de las amistades, y eso no es calidad periodística.

En todos los medios impresos aplican esas medidas, es un hecho, incluso la revista Proceso, en donde estoy vetado porque Julio Scherer García prohibió el nombre de Víctor Roura porque fui el único que me atreví a decir que todos los libros de Scherer son iguales. Lo penoso es que su equipo de periodistas son igual de conservadores porque actúan con la misma postura reaccionaria. Otro caso fue El Universal, quien citó contenidos de mi sección cultural sin decir que lo editó El Financiero. Si fueran críticos reconocerían que ya se publicó en otro diario. Eso es autocensura. En cambio, si ellos publicaban un libro, yo citaba que lo había publicado El Universal”.

Forjador guerrero de aforismos, hoy en día éstos pasaron a formar parte del argot periodístico, tales como: “Hay quienes quieren ser periodistas para acceder a la generosidad de los políticos”, o qué tal, “Periodista rima con priista, panista, perredista”, y de los más atinados, “Hay periodistas que piensan y otros que prensan”.

-¿Qué otros defectos tiene el periodismo cultural?

“Son demasiados vicios, no podríamos clasificar uno por uno. Hay periódicos que mantienen una conexión con la iniciativa privada o dependencias gubernamentales para publicar acomodadamente lo que las instituciones les piden. El ejemplo más obvio es La Jornada, quien siempre publica los hallazgos del INAH, pero sabemos que éste se lo da exclusivamente a ese diario. Ahí hay un acomodamiento institucional. Hay acuerdos entre las cúpulas de la cultura donde hay acuerdos de por medio. Hay dinero.

Cuando fui el editor de cultura del Uno más Uno, una ocasión, el subdirector Carlos Payán, me mandó a llamar muy enojado porque redacté una nota crítica hacia el INBA, de Bellas Artes, por unas obras de construcción donde claramente se incumplían las condiciones laborales de sus trabajadores. Simplemente no la publicó argumentando que Bellas Artes nos pagaba anuncios y que era intocable. Aquí ya hablamos del chayo, sobres blancos y corrupción periodística.

Todas las dependencias gubernamentales deberían proporcionar ciertos elementos de su información para darlos a conocer al público, es decir, deberían tener más apertura y tolerancia a las críticas de sus carteras culturales, por ejemplo. Muchas instituciones castigan a los medios que les critican una obra o una ópera. Esa relación está mal enfocada".

En algunos comentarios off the record, Roura describía verdades como catedrales, es decir, con dardos sencillos recalcitraba la ética como término, esfuerzo tras esfuerzo, apuntaba que “quien falla en el cumplimiento de sus promesas no puede ser una persona ética. La ética es un tema muy complejo que necesita encontrarla respuesta en cada uno de nosotros”.

-¿Qué armas o competencias necesita un periodista cultural?

“La competencia más importante sería saber escribir, por ejemplo, muchos periodistas tienen sus ghost writer’, es decir, su equipo de trabajo que trabaja su escrito y ellos lo aprueban. No me imagino leer a Adela Micha con la pasión con que leo a Vargas Llosa. Desafortunadamente muchos jóvenes no tienen esas armas, son desilustrados. Por ejemplo, si Carlos Loret va al CCH Vallejo va a abarrotar el auditorio por el simple hecho de que aparece en la televisión. En cambio si va José de Jesús Sampedro, a lo mucho reunirá a 25 personas”.

“Una ocasión fui a dar una conferencia a la UNAM con Alfonso Arau, de Botellita de Jerez, y el auditorio estaba sobre llenado por el locutor René Casados y a los 15 minutos canceló y se vació la mitad del foro de universitarios, de los estudiantes que se supone tienen más cultura”.

En una de sus columnas, Roura analizó la era de Fernando Benítez y de su círculo cultural, al que calificó de “elitista”, pues aseguró que el intelectual no soportaba las críticas hacia su grupo, además de invisibilizar a los que no coincidían con sus puntos de vista, e incluso pone de ejemplo al argentino Luis Guillermo Piazza, y el chileno José Donoso, quienes abandonaron el país argumentando que Benítez “les bloqueaba sus intentos de publicación”.

-¿Qué suplementos, revistas o secciones destacaría?

“The New Yorker, de The New York Times y The Guardian, por sus coberturas periodísticas de fin de semana. En México, destacaría Laberinto, de Milenio, porque José Luis Martínez, quien lo dirige, es un hombre destacado, íntegro e inteligente que no escribe en función de sus amistades.

No destacaría otros suplementos, como El Ángel, o Babelia, porque solo cubren cierto sector cultural, los consagrados, es decir, un poeta poco conocido no tendría espacio ahí, o qué decir de la sección de El País, que sólo publica a sus escritores del catálogo de Alfaguara”.

-¿Los premios literarios promueven una sana competencia entre escritores o son un culto a la élite de la cultura?

“La literatura en el país está manejada por una o varias  instituciones culturales, es decir, quienes sólo mantienen un culto a los sectores cerrados, por lo tanto, no promueven la competencia entre escritores. Los premios están para compensar a los escritores consentidos. Es curioso ver que los premiados ya fueron galardonados anteriormente. Además, los jurados en casi todos los premios literarios casi siempre son los mismos. Las amistades comienzan entre los becarios, es difícil que alguien que no pertenezca a ese círculo gane algún premio literario.

En alguna ocasión fui jurado de un premio de periodismo cultural junto con José Carreño Carlón, actual director del FCE y Fernando Ponce, director de cultura de Proceso. Me tocó analizar 70 trabajos y los leí todos, lo que asombró y desconcertó a los dos porque ninguno se había tomado la molestia de leer todos los trabajos. Elegí dos trabajos muy bien escritos de autores que no eran conocidos, a lo que ellos se negaron a aceptar porque ya tenían pactada a la ganadora, que era en ese entonces una reportera de La Jornada.

Después de discutir inútilmente con ellos, me delegaron y votaron por esa persona. Los premios internacionales siempre se los llevan los que son diplomáticos porque son amigos de los jueces. Pienso en José Saramago u Octavio Paz, que fueron amigos de los jurados del Premio Nobel de Literatura. Son personas que viajan y trabajan sus relaciones públicas”.

Sin pelos en la lengua, en más de una ocasión, Víctor ha criticado los usos presupuestarios del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y sus políticas incentivadoras hacia los becarios, pues argumenta que la institución, en muchos casos, manifiesta no tener dinero, al controlar el dinero que se otorga a los aspirantes a becas y al mismo tiempo paga millones para que delegaciones de escritores “representen” al país en ferias culturales en otros países.

Entonces, ¿Qué papel juega el CONACULTA en la difusión cultural?

“El CONACULTA está conformado por una cúpula de intelectuales que se benefician a sí mismos. A partir de ahí, arbitra las circunstancias y la cultura en el país. De alguna manera son árbitros de la intelectualidad en México, como por ejemplo, las delegaciones de escritores que van a las ferias, decide quiénes van, a cuáles y casi siempre son los mismos. Más concreto, de los 600 que pretenden buscar lugar en el CCC del Cenart sólo entran 10. Nada asegura que los elegidos sean los mejores entre tantos. Cada institución cultural cumple con sus funciones para las que fueron creadas, ninguna va más allá”.

En su péndola poética coexiste esa pasión lúdica por descubrir lo desconocido, sin embargo, con el paso del tiempo recurrió a lo que todos los adultos hacen con el paso de los años: rescatar su pasado. El año pasado, en “José y Reina”, Roura narró como un hombre llega al municipio de Suma, en Yucatán, montado en un caballo blanco y se lleva a la muchacha más bonita del pueblo.

Es la historia de sus padres contada en cuartetas dodecasílabas. La visión poética de los hechos no sólo está saturada de recuerdos, sino también de la acechanza del presente.

¿La mujer es la musa idónea?

“He editado 39 libros de poesía en 41 años de trayectoria y la mujer es la musa más importante para la poesía, claro, para los heterosexuales. Para un homosexual, sería un muso. He escrito poemas pensados en mujeres bellas que son colegas de trabajo, en sus hombros desnudos, en sus risas. Cada textura me inspira para escribir un poema. Eso mueve y conmueve. Mis poetas recurrentes son: José de Jesús Sampedro, Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Alberto Blanco, Armado González Tórres, Raúl González, son varios poetas”.

Melómano empedernido, conocedor y defensor del rock nacional más recalcitrante y pionero, imagino la biblioteca musical de Roura, discos de El Personal, Sixto Rodríguez, Toncho Pilatos, Botellita de Jeréz y hasta Jaime López. Su pasión sobre el género es desbordante

¿Qué elementos debe tener una buena crítica musical?

“Un crítico debe de ser un conocedor de música, de todos los géneros. Debe tener referencias enormes para la hora de hacer críticas. Una buena crítica no puede basarse en el gusto del crítico,deben influir muchos aspectos del bagaje musical y la forma de escribir”.

¿Qué diagnóstico tiene de las nuevas generaciones que quieren incursionar en el periodismo cultural? ¿Por qué son pocos jóvenes los que quieren dedicarse a este rubro periodístico?

"Gran parte de los jóvenes universitarios están introducidos en el ámbito visual. Son muy electrónicos. Admiran lo visual, admiran a Loret de Mola, pero no lo califican. Dudo que al conductor le pase lo que a Peña Nieto cuando fue a la Ibero. Cuando Azcárraga Jean va al auditorio de una universidad, no lo llena, lo satura de jóvenes que no están ahí para cuestionarlo,sino para aplaudirlo. El foro Espacio, que organiza Televisa año con año es para eso, promoverse y obtener a cambio muchos millones de pesos. El año pasado lo cancelaron y mi sección fue el único medio que lo informó. Lo cancelaron por miedo al movimiento estudiantil Yo Soy 132. No todos, pero muchos jóvenes sólo quieren ser famosos y salir en la tele o ser como Toño Esquinca. Con esto, sólo se confirma la gran desilustración que persiste en el país. Es lógico que los intelectualeso periodistas que no sean visuales no llenarán auditorios en ningún lado".

La entrevista fue escrita para la revista Spleen! Journal

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